viernes, 16 de mayo de 2025

RICHARD ARKWRIGHT: la historia de una fortuna


 Arkwright junto a un modelo en miniatura de su máquina



Nadie hubiera podido presagiar que aquel rubicundo  muchacho de 18 años nacido en 1732 en un miserable campo de Lancashire, que debía compartir las tareas rurales “de sol a sol” con sus otros doce hermanos, habría de convertirse en Sir Richard Arkwright, el plebeyo más rico de Gran Bretaña del siglo XVIII, reconocido por sus iniciativas precursoras en el mundo de la producción textil y uno de los Hombres Fuertes de la Revolución Industrial inglesa, que cambió para siempre la vida de toda la humanidad.
El joven y ambicioso Richard sabía que de permanecer en la granja de su familia, las posibilidades de supervivencia iban a ser cada vez más duras. Los campos comunales ingleses, otrora parte de la economía de los pequeños campesinos que llevaban allí a pastar sus animales, comenzaron a cercarse y a convertirse en propiedad privada a favor de una mayor racionalización de la explotación económica rural que buscaba beneficiar la expansión ganadera.  Los cercamientos terminaron por dar el golpe de gracia a los pequeños arrendatarios que ya venían sufriendo una serie de cambios aplicados al campo británico y que pueden enmarcarse dentro del proceso que se dio en llamar Revolución Agraria, proceso que terminara priorizando la explotación capitalista del campo sobre los re  
En el siglo XVII hubo una expansión del ganado en Gran Bretaña
siduos de un sistema feudal poco productivo.
El trabajo empezaba a escasear y la cantidad de tierras era demasiado poca para dar de comer a trece bocas. Los centros urbanos comenzaron a crecer y ofrecerse como un lugar con más posibilidades de trabajo y mejoras en la calidad de vida. Una de estas pequeñas ciudades provinciales fue el lugar elegido por Arkwright para escapar de un destino de miseria segura. Bolton, con su población de no más de 2000 personas, parecía prometer mayores atractivos…
La ciudad elegida no podía estar a demasiada distancia. En estos años las comunicaciones eran dificultosas, sobre todo las terrestres. Eric Hobsbawm señala que en general la gente prefería vivir en las costas, porque el traslado era más veloz y barato. En cambio, los viajes por tierra solían ser muy penosos y cansadores para medios de transporte que todavía eran elementales y caminos que apenas comenzaban a ser mejorados. Richard Arkwright no podía pensar en decisiones drásticas.  Sus recursos no le permitían soñar más allá de su propia sombra. Bolton se encontraba a 32 kilómetros, lo que significaba que era posible llegar a pie en el transcurso de un día.


Imaginamos que al llegar a esta pequeña población, nuestro personaje sufrió una impresión muy fuerte. Aunque se trataba en realidad de un pequeño pueblo, el bullicio, la dinámica, la concentración de las viviendas, ofrecían un paisaje contrastante con su lugar de origen. En esos tiempos la mayoría de las llamadas “ciudades” tenían una escasa dimensión y su población no pasaban de las 5000 personas. Se trata de una época donde la mayor parte de la gente vivía aún en el campo (más aún en Europa del este) y las que no, también dependían de él. Con excepción de Londres (que ya contaba con una población cercana al millón de habitantes) o París (cercana a los 500 mil) y un par de centros de 200 mil personas, la gran mayoría de las urbes presentaban las modestas proporciones de  Bolton.
Sus expectativas se vieron colmadas casi de inmediato. Apenas llegó consiguió un puesto de trabajo. ¡Su primer trabajo fuera del campo! Su labor era la de aprendiz de barbero, profesión para la que no faltaba una clientela estable, pues allí - a diferencia del campo - la gente cuidaba su aspecto. Sin embargo, las tareas de un barbero no eran materia sencilla. A la tradicional actividad de corte, peinado, y cuidado de barbas - antecedente de las modernas peluquerías - el barbero debía oficiar al mismo tiempo de dentista y de cirujano. En el primero de los casos, se aprovechaba el “cómodo” sillón del salón, para que el cliente superara el difícil trance de ser intervenido sin anestesia alguna. En el segundo caso practicaba la sangría. Se trata de una antigua práctica que se realizaba como procedimiento curativo para casi todas las enfermedades conocidas, incluso las mentales. La misma consistía en un  pequeño corte en la misma zona donde en la actualidad se aplica el suero: en el antebrazo. Para facilitar la incisión se sumergía el brazo en agua caliente y torniquete mediante, se identificaba la vena hinchada que  debía ser cortada por la siempre lista navaja del barbero. La finalidad era que el paciente sangrara lo suficiente como para equilibrar los humores, cuyo desbalance – se creía - provocaba la enfermedad.
Entre pelos, sangre y muelas, Richard, de tan solo 23 años, se casa con la joven Patience Holt, hija de un maestro que fallece al año siguiente tras dar a luz a su hijo Richard Arkwright Jr. Presumimos que su precaria situación lo llevó a buscar urgentemente otra esposa que lo ayudara en la crianza de su hijo. Esta vez se trató de Margaret Biggins, que en 1761 aportó a esta nueva familia 400 libras esterlinas en calidad de dote y tres hijos más de Arkwright, de los cuales sólo Susannah llegaría a la edad adulta.


El matrimonio no resultó feliz. Parece que desde los primeros años vivieron separados, pero eso no fue inconveniente para Richard a la hora de pensar qué hacer con sus 400 libras esterlinas. Su presente no era miserable, pero tampoco promisorio. Sólo algunos barberos alcanzaban cierto reconocimiento social y fortuna y, hasta el momento, esas condiciones no parecían formar parte de su destino. Observó, analizó, sacó cuentas e identificó una posible demanda que él estaba dispuesto a satisfacer. En las ciudades los hombres no se iban directamente a sus casas después del trabajo. Necesitaban socializar con sus pares, compartir un momento juntos, cerveza de por medio. La población urbana crecía y con ella, los asalariados.  Los espacios recreativos empezaban a florecer y es allí donde Arkwright puso sus expectativas. Invirtió la totalidad de la dote en la instalación de un pub al que denominó  “Black Boy”.  Su análisis no estaba tan errado si consideramos que en Gran Bretaña sigue siendo hoy una tradición indiscutible la reunión en estos sitios después del trabajo. Pero su proyecto fue víctima de un estrepitoso fracaso. Quebró y se quedo nuevamente sin nada en los bolsillos. Es probable que la incipiente clase de empleados de las ciudades aún no fuera lo suficientemente numerosa o que el poder adquisitivo todavía no fuera lo suficientemente alto como para crear un mercado amplio.
Peluca usada en el siglo XVIII
El camino más seguro para Richard era entonces continuar con el oficio de barbero, pero esta vez profundizando las posibilidades de ganancia. A las tareas típicas de su negocio le agregó la de fabricar pelucas, para lo cual contrató un experto ayudante. Mientras su flamante empleado se abocaba a la tarea de confección de este ornamento, Arkwright viajaba por las comarcas vecinas para adquirir el cabello necesario, comprándolo a las hijas de las sirvientas.  Su negocio comenzó a prosperar de la mano del auge en el uso de pelucas, impuesta por el rey francés Luis XIV que había adoptado esta costumbre para ocultar su inevitable calvicie. A partir de allí la peluca se convirtió en un símbolo de distinción social y todos pretendían acceder a ella. Nobles, comerciantes, abogados y hasta simples tenderos podían elegir entre una variedad enorme de pelucas cuya moda llegó a su clímax en este siglo XVIII. La peluca, además debía presentarse con complicados peinados y empolvada con harina. El procedimiento para realizar esta última tarea no era sencillo. Los más ricos contaban con una habitación especial para realizar el enharinado. En ella se encerraban y con un cono de papel colocado estratégicamente sobre la cara, lanzaban el fino polvo en dirección al techo, esperando que cayera de la manera más uniforme posible sobre esta cabellera artificial.
Dispuesto a maximizar sus ganancias y a cumplir con el sueño que le marcara su propio nombre (Richard = rich = rico), comenzó a experimentar con los tintes para el cabello hasta lograr inventar la primera tintura en el mundo resistente al agua. Este último descubrimiento le aseguró su primera fama y  la acumulación de una pequeña fortuna.

Biblia protestante

Otra vez Richard Arkwright se encontraba con una suma importante en sus manos y como en la anterior ocasión, no estaba dispuesto a “derrocharla”. Esta era una actitud  muy propia de los “hombres que se hacen a sí mismos”  tal como se llamó en la época a los que dedicaban exitosamente su vida a los negocios en Gran Bretaña. Max Weber, famoso sociólogo del siglo XX, analizó a los hombres que participaron de este incipiente capitalismo y relacionó sus conductas con la adopción de la religión protestante (anglicanismo, en Inglaterra). Weber marca que a diferencia de la iglesia Católica Apostólica Romana, los protestantes recibían con beneplácito la concepción de acumulación de riqueza que implica el sistema capitalista. Lejos de ser considerado un pecado, es un primer paso para lograr el Paraíso. Esta racionalidad que busca la máxima riqueza debe ser acompañada obligatoriamente por una conducta ascética y rígida que no consiente el uso indiscriminado de la riqueza lograda. El ahorro es parte de esta lógica religiosa que se adecua perfectamente a las necesidades del capitalismo.
Libra esterlina
Por otra parte, ese ahorro era posible y valioso, en la medida en que en Gran Bretaña ya estaba consolidando un mercado nacional con una moneda estable como la Libra Esterlina, moneda que no ha sufrido cambio hasta la actualidad y que continúa siendo una de las más caras y estables del mundo.



Seguro de que la moda de las pelucas podía llegar a su fin y decidido a incursionar en un terreno que le propiciara un techo mayor de ganancias, Arkwright no dudó en volver a invertir. Esta vez su análisis se dirigió a la industria textil. El crecimiento de la población en las pequeñas ciudades era fácilmente advertible por un testigo de la época. Sobre todo para alguien como él que estaba atento a todo lo que pudiera convertirse en un buen negocio. Conocedor como era de los caprichos de la moda, no tardó en darse cuenta de que la industria de la indumentaria podía convertirse en un sector de inversión interesante, sobre todo en un espacio urbano en el que las ropas comenzaban a adquirir un valor agregado para todas las clases sociales.

Planta de algodón
El algodón, que comenzaba a llegar en abundancia desde las colonias ultramarinas americanas gracias al comercio de esclavos africanos que impusieron los mercaderes ingleses, se convertía en objeto de análisis económico para sacar de él el máximo provecho. Hasta esta época la tecnología no había avanzado mucho más allá de la antigua rueca medieval que lograba un hilo muy rústico, permitiendo emplear esta materia prima sólo en la confección de medias de abrigo y ropas de trabajo. Únicamente James Hargreaves 
Rueca medieval

había introducido alguna mejora con su máquina Spinning Jenny, cuyo objetivo era acelerar el proceso de hilado mediante un complicado mecanismo que sólo empleados calificados podían hacer funcionar. El encarecimiento de este recurso no ayudó a resolver la situación y muchos inventores de la época se vieron abocados a ser los primeros en hacerlo.  Richard Arkwright se anotó en la carrera, a pesar de que sus conocimientos en mecánica no eran suficientes. Entre 1767 y 1768, acudió entonces a un amigo, John Kay, relojero de profesión, que había estado trabajando en una máquina con otro inventor a quien le robó la idea, pasándosela finalmente a Arkwright. Ambos se pusieron a trabajar en secreto, apartados y encerrados en una casa sin anoticiar a nadie sobre sus actividades. Tal era su reserva que comenzaron las especulaciones entre el vecindario acerca de posibles tratos con el diablo, conclusión a la que los curiosos vecinos llegaron por los extraños sonidos y movimientos que se escuchaban en el lugar.
Máquina de Richard Arkwright (Water Frame)
Terminado y patentado el primer prototipo, se consagró a la búsqueda de socios capitalistas que pudieran ayudarlo a poner en funcionamiento “su” invento. Para ello constituyó una sociedad que duraría 14 años con un camisero convertido en banquero y un fabricante de medias de seda. Ninguno de ellos era un importante mercader de productos importados de las colonias con fortuna ilimitada. Esto ejemplifica y refuerza los dichos de Hobsbawm acerca de la poca inversión que necesitó la industria textil y en particular la del algodón, caballito de batalla de esta primera Revolución Industrial inglesa.
Arkwright pensaba en grande. No estaba conforme con erigirse en inventor de una máquina que pudiera triplicar y quizás quintuplicar la capacidad de hilar el algodón. Necesitaba encontrar un sistema que diera un salto revolucionario respecto a la producción de la época. Se trasladó a Cromford, un paraje desolado, prácticamente sin población. Aislado de sus competidores y de los ataques de artesanos que por esa época empezaron a destruir máquinas que pudieran reemplazar sus labores, se concentró en la posibilidad de usar alguna energía extra que pudiera poner en funcionamiento simultáneo la mayor cantidad posible de máquinas, por tiempo ilimitado. Primero pensó en caballos; pero después, el caudaloso cauce de agua que atravesaba Cromford –  el río Derwent - le dio la idea que estaba buscando: la energía hidráulica.  Construyó entonces un enorme edificio con ventanas en todas sus paredes para que entrara la suficiente cantidad de luz durante la mayor parte del día. Allí colocó cientos de sus máquinas conectadas a un molino de agua que las hacía funcionar mecánicamente. Con este sistema no sólo logró su objetivo, sino que además pudo confeccionar un hilo más fino y resistente de algodón con el que se confeccionó por primera vez en la historia una prenda completa de algodón. El éxito de su empresa lo llevó a erigir nuevas fábricas por la región, pero su verdadero rédito venía de los derechos que cobraba por el uso que otros industriales hacían de “su” invento. Su decisión sagaz fue venderle la idea a los grandes industriales, asegurándose mejores entradas. Paralelamente, esto dio un empuje inesperado a la industria textil.
Cuando finalmente fue revocada su patente al ser acusado de plagio por el verdadero inventor de su máquina, ya había amasado una fortuna suficiente para asegurarse un futuro sin privaciones para él y sus descendientes.
Complejo fabril de Cromford

Richard Arkwright no sólo puso su nombre a una nueva máquina que revolucionó la industria del algodón, su verdadero crédito consiste en haber creado un sistema de producción que de allí en más sería característico del capitalismo a nivel mundial. Fue el primero en erigir una fábrica y pensar en un modo de trabajo adaptado a la nueva estructura. Atrajo mano de obra hacia Cromford y le ofreció vivienda y trabajo a cada uno de los miembros de las familias, con una paga segura. Impuso turnos de trabajo de 12 horas (la fábrica no cerraba nunca) y ocupó a las mujeres y niños en la vigilancia de las máquinas. Mientras tanto los hombres, en casa, se dedicaban al tejido de medias con el hilo que se obtenía en la fábrica. Con el tiempo instaló un sistema de vacaciones (una semana por mes), atención médica, instrucción a los niños, premios al mejor empleado, edad mínima de los infantes (10 años) y una serie de medidas inéditas que antecedieron a cualquier iniciativa de legislación sobre el trabajo industrial. Estas medidas le valieron el respeto de sus empleados e incluso, su figura formó parte de varios escudos distintivos de sindicatos del siglo XIX.
Castillo construido por Arkwright en Cromford

Richard Arkwright Jr. con su familia
Al morir de asma a los 60 años, Arkwright dejó una estela de misterio respecto a su historia. El escaso trato que tuvo con los miembros de su familia provocó en su hijo una necesidad imperiosa por buscar las huellas de la historia de su padre. Richard Arkwright Jr. heredó de su padre la sagacidad en los negocios y multiplicó su herencia convirtiéndose en uno de los hombres más ricos de su país. Pero el pasado de nuestro pionero industrial permanecía en la nebulosa. ¿Por qué? Todo parece indicar que su padre se había tomado el trabajo de borrar todo rastro que pudiera vincularlo con su humilde pasado.
Cuando en 1786, seis años antes de morir, el rey Jorge III le otorgó un título de nobleza, su característica obstinación se dirigió a ocultar un pasado que ya no estaba en sintonía con su nueva condición. Tal como marcaba la mentalidad burguesa de la época, el ideal de vida era el de la nobleza y por esta razón comenzó a gastar su fortuna por primera vez en rubros que no tenían nada que ver con la inversión: un castillo, un feudo, propiedades, retratos, objetos de lujo, joyas, etc. Llegó el momento de ocupar la fortuna acumulada en demostrar a la sociedad hasta qué escalón había ascendido.

Los escasos datos que quedaron para armar el rompecabezas de su vida, nos deja a oscuras sobre muchas facetas de su vida. Sin embargo podemos suponer que, de tener la oportunidad de elegir una canción que lo representara, Sir Richard Arkwright no dudaría en elegir...
                               "Money, money"...






Aquí les dejo la traducción de la letra al castellano:

Dinero ... dinero...
El dinero hace girar el mundo
... girar el mundo...
... girar el mundo.
El dinero hace girar el mundo,
hace el mundo girar ".
Un marco, un yen, un dólar o una libra,
un dólar o una libra...
un dólar o una libra....
es todo lo que hace girar el mundo.
Ese tintineante y metálico sonido ...
puede hacer girar al mundo "
Dinero dinero dinero dinero
Dinero dinero dinero dinero
Dinero dinero dinero ...
Si te topas con la riqueza
y tienes ganas de una noche entretenida
puedes pagarte un fiesta alegre.
Si te topas con la riqueza y estás solo
y necesitas compañía
puedes llamar (tílín) a la sirvienta.
Si te topas con la riqueza
Y tu amante te planta,
y te quejas y gruñes muchísimo,
lo puedes aceptar sin problema,
Llamar a un taxi y recuperarte
en tu yate de 14 quilates! ¿QUÉ?
El dinero hace girar el mundo
... girar el mundo
... girar el mundo.
De eso ambos estamos seguros
¡Una pedorreta a ser pobre!
Dinero dinero dinero dinero
Dinero dinero dinero dinero
Dinero dinero dinero ...
Cuando no tienes carbón en la estufa
Y te congelas en invierno,
Y maldices a tu destino por el viento.
Cuando no tienes zapatos en tus pies,
y tu abrigo es fino como el papel,
y tu apariencia es de 30 libras de peso menos.
Cuando vas a buscar una palabra de consejo
del pastor bajo y regordete
él te dirá que ames eternamente.
Pero cuando el hambre te golpea,
Rat-a-tat rat-a-tat en la ventana
toc toc (en la ventana)
¿Quién está ahí? (El hambre) oh, el hambre!
mira cómo el amor sale volando por la puerta ...
Porque, el dinero hace girar el mundo
... girar el mundo
... girar el mundo
Ese tintineante y metálico sonido del...
Dinero dinero dinero dinero
Dinero dinero dinero dinero
¡Coge un poco, coge un poco!
Dinero dinero dinero dinero...
Un marco, un yen, un dólar o una libra..
Ese tintineante, golpeteante y metálico sonido
es todo lo que hace al mundo girar,
hace el mundo girar

No hay comentarios:

Publicar un comentario