Caribdis y Escila son dos monstruos que
aparecen en el clásico Poema griego La Odisea. El protagonista, Ulises, es advertido sobre la particular posición y
poderes de estos seres fantásticos de la siguiente manera:
"En
cuanto a los dos escollos, uno llega al vasto cielo con su aguda cresta y le
rodea oscura nube. Ésta nunca le abandona, y jamás, ni en invierno ni en
verano, rodea su cresta un cielo despejado. No podría escalarlo mortal alguno,
ni ponerse sobre él, aunque tuviera veinte manos y veinte pies, pues es piedra
lisa, igual que la pulimentada. En medio del escollo hay una oscura gruta
vuelta hacia Poniente, que llega hasta el Erebo... Allí habita Escila, que
aúlla que da miedo: su voz es en verdad tan aguda como la de un cachorro recién
nacido, y es un monstruo maligno. Nadie se alegraría de verla, ni un dios que
le diera cara. Doce son sus pies, todos deformes, y seis sus largos cuellos; en
cada uno hay una espantosa cabeza y en ella tres filas de dientes apiñados y
espesos, llenos de negra muerte. De la mitad para abajo está escondida en la
hueca gruta, pero tiene sus cabezas sobresaliendo fuera del terrible abismo…También
verás, Odiseo, otro escollo más llano cerca uno de otro . Harías bien en pasar
por él. Ulises surca por las aguas tranquilas "También verás, Odiseo, otro
escollo más llano cerca uno de otro . Harías bien en pasar por él como una flecha.
En éste hay un gran cabrahigo cubierto de follaje y debajo de él la divina
Caribdis sorbe ruidosamente la negra agua. Tres veces durante el día la suelta
y otras tres vuelve a soberla que da miedo. ¡Ojalá no te encuentres allí cuando
la está sorbiendo, pues no te libraría de la muerte ni el que sacude la tierra!
Con que acércate, más bien, con rapidez al escollo de Escila y haz pasar de
largo la nave, porque mejor es echar en falta a seis compañeros que no a todos
juntos."
Edward
Carr utiliza esta metáfora para referirse al peculiar peligro en el que podría caer
la Historia si se inclina hacia un lado u otro de este estrecho paso. Caribdis
simboliza la Historia del siglo XIX, con su ciega fe en los documentos y los
hechos históricos, ignorando todo el componente subjetivo que hay en ellos.
Escila representa por su parte el pesimismo de historiadores que sostienen que
no puede haber objetividad en las fuentes históricas ni en la selección de
hechos. Por lo tanto existirán tantas historias como historiadores dispuestos a
mostrarnos su particular interpretación.
La
Historia Social logra sortear esta dificultad manteniendo el sabio equilibrio
por el que aboga Carr, entre las fuentes y la interpretación del historiador.
Ante este barco triunfante se abre entonces un ancho mar que incluye a TODOS
como protagonistas de la Historia. Pero la necesaria generalización y
abstracción de la realidad exigida por el análisis, termina simplificando,
cuando no deformando las realidades del pasado, ocultando bajo su manto lo que
hay de diverso en el pasado. Solo la lupa del microhistoriador podrá rescatar
esos rostros que han desaparecido de la anónima Historia Social.
Vaya mi homenaje para el Historiador comprometido que ha tenido que pasar por todas las perspectivas, teorías, enfoques y movimientos de las ciencias sociales y que hoy, en este mundo fragmentado que nos ofrece la posmodernidad, sólo puede decir:
"-Ya no sé que hacer conmigo..."
"-Ya no sé que hacer conmigo..."




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