Si tengo que informar acerca de mi profesión,
el título que me dieron en la
Universidad sostiene que soy Profesora en Historia. Pero si
alguien me pregunta -por lo bajo- para qué fui hecha, en donde soy gustosamente
útil, debería responder que para la “curiosidad”.
Gritaría
que mi vocación es decididamente LA CURIOSIDAD , sí señor!.
Dicho en estos términos la cosa se empieza a
poner equivocadamente seria, y alguien podría recordar viejos filósofos que
señalan que la curiosidad es el puntal que sostiene a la sabiduría. Pero,
siendo completamente sincera, debería confesar –para desilusión de los pocos
que lean este escrito- que existen
diversos “tipos de curiosidad” y la mía se aparta demasiado de las verdades
últimas y primeras del universo. Mi curiosidad es más pequeñita, su proporción
es exactamente de la medida del alma humana. Mi curiosidad se centra en la
gente, pero en “toda la gente”, no sólo en un tipo de gente… Y cuando digo toda
(y en esto sí me animo a ser amplia) es TODA.
Cada vez que estoy en un lugar público (la
estación de tren, un supermercado, un café, la sala de espera de un
consultorio) centro mi atención en los desconocidos cercanos que
accidentalmente y por un breve ratito comparten el espacio conmigo. Los miro y
me pregunto sobre sus vidas, sus historias, sus destinos. Veo el paso de la
vida en cada rasgo de sus rostros, intento descubrir sus raíces por la
tipología de su cuerpo y adivino (nunca sé si con certeza) las posibilidades de
su presente y de su futuro. Es cierto que acerca de esta ocupación íntima y
semi-secreta no puedo decir nada académicamente adecuado para justificarla. Es
también cierto que este pasatiempo sólo es ficción urdida por mi imaginación
combatiendo el aburrimiento. Pero también es verdad que mi sensibilidad por
cada persona que me cruzo es la de una médium invadida por espíritus. La
sensación es la de miles de proyecciones de imágenes de personas atravesándome
la cabeza: miradas, posiciones, anécdotas, cuentos, historias, historias,
muchas historias, anónimas historias, desconocidas historias. Millones de
historias no contadas, familias enteras que han desfilado por el mundo con
personalísimas maneras de enfrentar su destino y que mueren sin que nadie desentierre
jamás la forma en la que han elegido vivir sus vidas. Tanta pasión, tanta
tristeza, tanto amor y tanto dolor, olvidados y ajenos aún para quienes llevan
en sus cuerpos la herencia biológica que supone los lazos de sangre. Nada puedo
hacer contra la muerte humana (si hay alguien que sí que pase el dato, por
favor), pero quizás ponerle resistencia al olvido no sea un papel menor. Y
hasta me permito afirmar, que visto
desde esta perspectiva, este objetivo digno de los valores caballerescos del
Quijote de La Mancha se posicionen en una dimensión bien distinta y mejorada a
la de la academia centrada en el pasado de las frías estructuras
socio-económicas y políticas de la historia de la Humanidad.
Si bien siempre “lo quijotesco” ha sido rechazado por
ingenuo y desmesurado, por intelectuales y científicos de todas las épocas, hoy
quiero reivindicar esa actitud porque es la única con la que se puede emprender
la concreción de un sueño que siempre parece inalcanzable y distante. Y soñar
conocer a la gran familia que uno ha tenido en la VIDA remontándonos a otras épocas,
reconociéndonos y desconociéndonos en “otros” que les toco desenrollar su
destino tanto tiempo atrás, mezclarnos en sus historias sabiendo que nuestra
existencia dependió de lo que hicieron o dejaron de hacer, comprendiendo que,
aunque en contra de la voluntad del instinto de vida que todos tenemos, no
llegaron siquiera a tocarnos con las puntas de sus dedos porque miles de años
se empeñaron en separarnos, ¡ese sí que es un gran sueño!.

en este momento estoy con crisis de si seguir estudiando lo que estudio o no... creo que me hizo bien leer algo así
ResponderEliminarQue loco al final siempre termino leyendo historia (materia que siempre se pelio conmigo) un abrazo grande
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